Revista Perspectivas de Salud
La revista de la Organización Panamericana de la Salud
Volumen 8, Número 1, 2003

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Por el bien de los niños
por Alexandre Spatuzza
La participación de la comunidad es clave para mejorar el entorno de los niños

 Glicério Shantytown
El asentamiento de Glicério, bajo la autopista central de San Pablo, esconde muchos peligros ambientales. Para los niños, estos lugares aumentan el riesgo de daños accidentales, envenenamiento, problemas respiratorios y enfermedades vectoriales.  (Fotos ©Alexandre Spatuzza)
Jonathan Bispo dos Santos es un niño muy activo de seis años que se divierte quitándoles objetos de las manos a otras personas y, como muchos niños, le cuesta mucho quedarse quieto. Dos de sus pasatiempos favoritos son cazar cucarachas y hacer castillos de barro con el agua negruzca que pasa por el patio de tierra de su casa.

"Me gusta jugar al fútbol y correr por todos lados", comenta al visitante mientras le muestra con orgullo algunas costras rojas que tiene bajo el short. "Jonathan es terrible —interrumpe Rute, la madre, de 22 años—. Cuando le sale esa erupción no deja de rascarse y se le pone roja".

Jonathan vive en una casita de ladrillos de tres habitaciones, con su madre y tres hermanos, Jessica de ocho años, Luiz, de cuatro, y Milena, de tres. Los niños comparten un pequeño cuarto sin ventanas y un colchón sin ropa de cama, un armario y un puñado de juguetes. Según Rute los niños gozan de una salud normal, a excepción de fiebres ocasionales que ella atribuye a los bruscos cambios de temperatura del clima subtropical de San Pablo. No es raro que a una temperatura de 30° C durante el día, le siga una noche lluviosa y de solamente 15°.

"Cuando era más pequeño —dice Rute refiriéndose a Jonathan—, tenía agua en los pulmones. Pero ya se acostumbró a este clima".

Jonathan ha tenido más suerte que su hermana Jessica. Según Rute, la niña tuvo un pulmón paralizado, principios de neumonía, bronquitis y apendicitis —todo esto en sólo ocho años de vida. En esta calurosa tarde de verano, Jessica está en la escuela. Para llegar hasta allí tiene que caminar dos kilómetros por calles empinadas y con mucho tránsito. Por ahora, dice su madre, parece estar bastante sana.

"Es el destino —dice Rute—. No creo que las condiciones de vida tengan algo que ver con eso. Uno también puede tener problemas de salud aunque viva en un buen barrio".

La familia dos Santos vive en el barrio Vale do Anhangabaú, en el centro de San Pablo, en la más grande de un conjunto de seis viviendas muy pequeñas. Comparten un patio central salpicado de escombros y entrecruzado por cuerdas que se estiran bajo el peso de la ropa húmeda. Las familias obtienen el agua y la electricidad por medio de conexiones ilegales. Su agua usada corre por el centro del patio, mientras que los retretes desaguan en una zanja cubierta. En total viven 13 niños en el conjunto (nacerán tres más este año). Comparten sus espacios para vivir y jugar con las ratas (unas cuantas menos ahora que se usó veneno) y muchas cucarachas y mosquitos. Y todo esto ocurre a escasos metros de la Alcaldía de San Pablo.

El conjunto donde reside Jonathan es un ejemplo de los riesgos ambientales a los que están expuestos millones de niños en Brasil y en el resto de las Américas. La falta de agua potable y de sistemas de cloacas, como también la presencia de vectores animales, son causados por la pobreza crónica y el desarrollo urbano espontáneo. Aunque la madre de Jonathan no ve una relación directa, los expertos sostienen que este tipo de condiciones ambientales tiene que ver con los 11 millones de muertes infantiles causadas por enfermedades prevenibles cada año en todo el mundo.

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