Revista Perspectivas de Salud
La revista de la Organización Panamericana de la Salud
Volumen 8, Número 1, 2003

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Las vendedoras de la salud
por Abdel Padilla
Fotos ©Patricio Crooker

Las manzaneras trabajan de casa en casa promoviendo prácticas saludables y mayor utilización de los servicios de salud.


Esther Ballivián (derecha), una manzanera voluntaria, discute el tratamiento contra la tuberculosis con su "nuevo hijo", Ramiro, de 16 años.
Desde hace cinco meses Esther Ballivián tiene un hijo más. Lo conoció por casualidad en septiembre pasado y desde entonces lo visita de lunes a domingo después del almuerzo. Se ven por algunos minutos, el tiempo suficiente para que ella controle que Ramiro, de 16 años, tome las tabletas para su tratamiento contra la tuberculosis, enfermedad que poco tiempo atrás consumió la vida del padre del joven.

"Es como si hubiera adoptado un hijo", comenta orgullosa Esther, que desde hace un año forma parte del ejército de 800 manzaneras o promotoras barriales de salud en la ciudad de El Alto en el departamento de La Paz, Bolivia. Como Esther, cada una de estas personas es responsable de vigilar la salud de los vecinos de su manzana —que es de donde deriva el nombre de manzanera—, pero sobre todo de promocionar los servicios de salud cercanos a su comunidad y, en última instancia, trasladar a los potenciales pacientes, especialmente si son embarazadas y niños menores de cinco años, a los hospitales, maternidades o centros sanitarios más cercanos. En otras palabras, su labor es generar demanda hacia estos servicios, algo así como una "vendedora de la salud", que es como las llama Fernando Amado, consultor de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en Bolivia.

Déficit de pacientes

En apenas 18 años de vida El Alto se ha convertido en una de las ciudades de mayor crecimiento poblacional no sólo de Bolivia sino de Sudamérica. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) la población de El Alto puede duplicarse en 14 años si el actual ritmo de crecimiento se mantiene. Esto, que se asemeja a una bomba de tiempo, actualmente se manifiesta en aspectos como el acceso deficiente a los servicios básicos (500.000 de sus 629.000 habitantes tienen agua potable, electricidad y alcantarillado, así que uno de cada cinco no los tiene), y las consiguientes tasas de mortalidad materna (390 por 100.000) e infantil (89 por mil en menores de cinco años) muy altas. Al respecto, según la alcaldía de este municipio, uno de los principales problemas detectados es el bajo índice de uso de los servicios de salud (en algunos establecimientos este índice está por debajo del 50% de su capacidad). "La gente se siente maltratada e incomprendida por el personal de salud, por eso no requieren el servicio", admite el alcalde de esta ciudad, José Luis Paredes. Fue a comienzo de su gestión en enero de 2000, que se empezó a esbozar el Programa de las Manzaneras de la Salud, uno de los proyectos de promotores vecinales más exitosos en éste y el resto de los 313 municipios del país, y cuyo fin fue precisamente terminar con este "déficit" de pacientes en los servicios.

Oficialmente, el proyecto arrancó a comienzos de 2001 como parte del Programa de la Red Social del municipio. En ese momento, el ser manzanera era absolutamente voluntario, y no es que desde entonces esta característica se haya perdido, sino que ahora interviene otro actor que con el tiempo llegó a ser imprescindible: la junta de vecinos del barrio o de la manzana, que es donde ahora se decide la elección de estas promotoras de salud. "Antes, la gente rehuía al trabajo porque se sentía sola, hoy tiene el apoyo de sus propios vecinos, ante los que se siente comprometida luego de haber sido elegida de manera democrática", destaca Johnny Tórrez, responsable del programa. A pesar de ello, poco más de la mitad de las manzaneras y manzaneros (cerca del 10% son varones) ha desertado. En 2001 el número de voluntarios llegó a 1.600, pero en enero de este año quedaban sólo 800, quienes se ocupan de las 5 hasta 40 manzanas de cada uno de los 6 distritos de salud de El Alto. "El voluntariado tiene un ciclo, la gente se cansa y se va, pero se tiene la gran ventaja de haberla capacitado y sensibilizado", dice Sarah Arnez, principal impulsora del programa y hoy miembro del Concejo Municipal de esta ciudad. Coincide con ella Amado, de la OPS, aunque sugiere la implementación de incentivos en favor de las manzaneras, como la mayor dotación de material didáctico. Por ahora, el único regalo que reciben es una chaqueta verde, color por el que se las identifica en el barrio. "No puede reconocerse económicamente a una manzanera, el trabajo es voluntario y tiene que seguir siéndolo, caso contrario pierde su razón de ser", advierte Amado.

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